Batirse por la metáfora: [1] lo que nos jugamos en los sentidos traslaticios



Esta es la cuestión, siempre ha sido la cuestión: la pobre y humilde metáfora maltratada en nombre de la literalidad de la línea recta de la comunicación.

 

¿Quién habló de la metáfora? ¿Quién fue? ¡Que se confiese! O peor aun: ¿quién habló en metáfora? Porque sabemos que para lo único que sirve la lengua es, acaso, para comunicarnos, para expresar, suprema emotividad del hablante, lo que tenemos embuchado en la garganta o indigesto en la boca del estómago.

 

El lenguaje no vive sino de la separación entre las palabras y las cosas. Es decir, que vive de suscitar y decepcionar constantemente el fantasma de su adecuación. Este fantasma adquiere toda su fuerza cuando se deshacen las reglas admitidas de correspondencia entre estados de cosas o de cuerpos y significaciones.

 

Jacques Rancière, El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética

 

1.      La mudez del mundo es una bella metáfora a desbaratar

 

            Cuando estaba en la escuela, la moña siempre desatada, el blanco de la túnica sucio de la tierra del patio donde los recreos transcurrían entre partidos de fútbol y bolitas lanzadas a la Troya, la maestra nos mandaba múltiples deberes por día, entre los cuales destacaba, con llamativa regularidad, hacer mapas mudos, que devenían mapas físicos y/o políticos de diferentes lugares del planeta (así aprendí la minuciosa geografía del globo). Yo, lógica y naturalmente, obedecía. Me gustaba la tarea; me gustaba dedicar tiempo al atento trazado del contorno de las “cosas” sobre un papel manteca o, cuando no había (porque la economía era restricciones), sobre un papel previamente empapado en aceite y secado al sol.

            Sin embargo, lo que verdaderamente me llamaba la atención era el nombre del objeto solicitado: mapa mudo. Extraño nombre, pensaba, aunque entendía, desde luego, qué significaba (su extraña literalidad derivada de su figuralidad), a dónde apuntaba, aunque torcidamente, mediante la sinestesia. Mi relación con el objeto que debía llevar a la clase comenzó siendo, en primer lugar, una relación con la lengua y, a través de ella, y solo a través de ella, con la “cosa-mapa mudo”. El nombre, a pesar del adjetivo, hablaba claramente; el objeto tenía un nombre que, desde su “mudez”, “hablaba”, como si estuviera diciendo Mi nombre es mapa mudo. La mudez del mapa era compensada, me parecía entonces, por las líneas que era preciso dibujar (en definitiva, la palabra escrita y el dibujo de un contorno son lo mismo: trazo, marca sobre el papel, como recuerda Foucault respecto del cuadro “Esto no es una pipa” de Magritte). Encuadre de lo vacío, nominación de una ausencia que reclama voz, las líneas del mapa mudo me parecían, y me siguen pareciendo, la metáfora del nombre del objeto (nombraban, a la vez, propia e impropiamente): se referían a algo “inexistente”, como, por lo demás, ocurre con cualquier palabra.

 

2.      La lengua como un instrumento: una metáfora nefasta para el sistema educativo 

 

     Pensar la asignatura Idioma Español –o, para salirnos de las asignaturas como ciertas formas de la disciplina, la lengua en general– como una materia instrumental (si, como sabemos, al fin y al cabo, la lengua no sirve para otra cosa que no sea expresar ideas o sentimientos) es un problema contra el cual hay que sublevarse, puesto que esta concepción de las cosas acarrea una serie de consecuencias indeseadas e indeseables, profundamente negativas. Entre estas consecuencias se cuenta muy especialmente –digamos que es la consecuencia más importante de todas– la despolitización de la enseñanza, coadyuvada por una radical pragmatización (la “oikosización” de la vida escolar) de los contenidos, transformados en y/o combinados con las competencias y habilidades para la vida y otros menesteres que se presentan como algo que debemos desear, como horizonte de los planes de estudio, objetivo superior del sistema educativo. En este sentido, la metáfora es una inutilidad que se levanta como un obstáculo para el transparente y aproblemático objeto más deseado, el fetiche mismo al que debería subordinarse la lógica escolar: el mercado laboral, que demanda la línea recta de la productividad y rechaza, por ende, las oblicuidades del sentido, lo que se interpone como interpretación en la lógica misma de la economía.

         La despolitización de la enseñanza es también, desde luego, la despolitización de los alumnos (en tanto es una despolitización de la lengua), a quienes se los concibe como “clientes” que reciben un “servicio”: de esto que, en el terreno de la lengua y su enseñanza –en el terreno de la reflexión sobre el ser como un ser de palabra, un ser de lengua– se hable de “usuarios”. Sin embargo, muchos, no sin razón, discreparán con esta interpretación de la palabra usuarios, en la medida en que, en ciertas teorías, es un tecnicismo. Aun así, deberán concederme la posibilidad interpretativa en virtud del equívoco que afecta a la palabra en cuestión. Incluso más, es plausible sostener que esa pragmatización radical de las cosas, particularmente en el ámbito de la enseñanza de la lengua –que es la enseñanza de la lectura y la escritura–, ha encontrado en la expresión usuarios de la lengua –para referirse a todos nosotros– una manera de caricaturizar la pragmática como disciplina lingüística.

De esta manera, el resultado está a la vista de todos o de quien quiera/sepa ver: una simplona idea de comunicación domina el ambiente general de las consideraciones sobre el lenguaje en el ámbito del Ciclo Básico uruguayo (ni que hablar en el magisterio nacional). Y no se trata, insistamos en el punto, de un mero cambio de perspectiva teórica, adoptado en función de las corrientes que siguen los estudios sobre el lenguaje y sobre su enseñanza, como si estos fueran inocuos, como si fueran cambios de dirección necesarios para estar aggiornados (palabra detestable) a las últimas tendencias, desconociendo el modo en que se construyen históricamente los conocimientos y las disciplinas.

      La perspectiva instrumental de la lengua que se ha instalado hace largo tiempo, para la cual el hablante, decía, es un “usuario” de la herramienta comunicativa, conlleva un desinterés por el sentido, por las formas en que se produce la significación en el juego de las prácticas discursivas, donde se articulan la lengua, la historia, la ideología y el sujeto hablante; un desinterés, en suma, por la interpretación. En la misma medida, implica un rechazo del equívoco como un fenómeno irreductible que define estructuralmente al sistema lingüístico, atravesándolo de un lado a otro.

Para esta manera plana de ver las cosas, el equívoco es un escollo que se interpone en la límpida línea recta de la comunicación, en el transporte expresivo que opera el lenguaje desde el emisor hacia el receptor (el equívoco es un “recurso político” que interfiere en el funcionamiento de la máquina económica). Así, los efectos del equívoco (el significante queda desnudo, desprovisto de significado, momento en el cual exhibe su materialidad más concreta y su existencia más anodina, a partir de la cual podemos experimentar el carácter necesario de la relación entre las dos caras que constituyen el signo lingüístico y de la demanda de sentido que todo hablante realiza, al mismo tiempo que la angustia de la imposibilidad de un acoplamiento pleno y de su recto decir) deben ser conjurados mediante una pragmática caricaturesca del “mientras haya comunicación…”, ajena al hecho crucial de que esta comunicación (la comunicación en cuanto tal) ocurre por y a pesar del malentendido resultante de dichos efectos. Ergo, la perspectiva instrumental de la lengua, en el sentido dado aquí, “superficializa” su funcionamiento, lo que implica, igualmente, una “superficialización” del lugar del sujeto hablante en las prácticas discursivas. Y esta “superficialización” es, casi no hace falta decirlo, una profunda despolitización de todo el campo de lo social, en la medida en que este campo está hecho de sentidos ambiguos, polisémicos, equívocos; sentidos superpuestos, indefinidos, indecidibles, no calculables (la materia prima de lo social son las relaciones entre los significantes), algo que la perspectiva instrumental de la lengua procura evitar, ignora campantemente o propone desconocer.      

 

3.      Los poderes persistentes de la metáfora

 

     Batirse por la metáfora es, entonces, una actitud y un modo de ser, de decir y de actuar que pretenden poner en el centro de esta cuestión la opacidad inherente al lenguaje, el hecho de que, además de hablar la/una lengua, somos hablados por ella, tanto como somos hablados por el inconsciente y sujetos deseantes de representación, lo que implica el movimiento cuya lógica es la de la referencia. Lejos de constituir un terreno de propiedad y dominio plenos de las palabras lanzadas o, mejor, arrojadas (en todos los sentidos de esta palabra, especialmente en el sentido infantil del vómito, de esas intempestivas devoluciones gástricas) al otro, el discurso es un campo en el que el sentido se ve inevitablemente enfrentado a oquedades, vacíos, desplazamientos, ambigüedades, indefiniciones, resistencias referenciales, etc. Todo esto trabaja, digámoslo así, en la producción del sujeto como sujeto del lenguaje y, por ello, animal constituido de sentido, tanto como de la realidad de la que hablamos. Producido y produciéndose el sujeto, el lenguaje es decisivo en la configuración de la política, entendida como la práctica de tomar la palabra y ejercer el desacuerdo a fin de abandonar el espacio de un decir impertinente y transformarlo en un decir que no grita, que no hace ruido, sino que fabrica logos, afectando la relación entre los cuerpos, los lugares que los cuerpos ocupan en la estructura social y los nombres con los que hablamos de esos cuerpos y “sus” lugares. Al mismo tiempo, hay que señalarlo con claridad, la política busca producir, también, un decir impertinente (en un sentido distinto a la impertinencia de la phoné como un animal que exclama su dolor, su sufrimiento, sin considerar la ambigüedad de que tal dolor, tal sufrimiento, es decir, ciertas formas de la queja también son, en esa ambigüedad constitutiva, una demanda política: mi queja sobre la falta de baldosas de la vereda de mi casa puede ser una demanda al gobierno municipal para que arregle el problema; mi queja sobre la reducción de las pensiones por tales o cuales motivos puede ser un cuestionamiento de cierto orden de sensibilidad en el cual dicha reducción es aceptada como parte de un consenso sobre las tareas de la gestión gubernamental).   

 

Siempre hay demasiadas palabras y demasiadas significaciones disponibles en las palabras como para que los estados de cuerpos y los estados de significación coincidan sin resto alguno. [2]

 

     Este ejercicio del logos se fundamenta en la inexistencia de coincidencias entre los significantes y los significados y entre los signos y sus referentes. Como decía Lacan, [3] en la lógica de la relación entre el significante y el significado, el tercero indispensable y, a la vez, excluido de la cuestión, el referente, nunca puede ser dicho/significado con plenitud y eficacia: el signo, permanentemente, lo yerra, por lo cual, concluía el psicoanalista francés, el colimador no funciona.

      En este sentido, metáfora es el nombre del funcionamiento defectuoso del lenguaje, de una imperfección irreductible que constituye la gracia misma de la “herramienta comunicativa”, a partir de la cual (hablo de la gracia) el sujeto aparece como sujeto y la política puede tener lugar. Asimismo, metáfora también es el nombre de la relación de las palabras con una falta inherente a ellas que no puede ser llenada ni compuesta, en la medida en que esta falta es constitutiva de la lengua, la estructura desde adentro.

Así pues, la actividad interpretativa, especialmente puesta en funcionamiento y de relieve por la metáfora (a fin de cuentas, se trata de darles relieve a las cosas), es su sucedáneo más notable, aquello que debe ser reclamado una y otra vez. En suma, metáfora es el nombre del espacio en el que el lenguaje tolera, exhibe y hace productiva la ambigüedad, la contradicción (la posibilidad de que un enunciado diga, al mismo tiempo, A y no-A, sin que podamos eliminar ninguna de las posibilidades), por lo que constituye, si se quiere, una negación de la comunicación tal como la vengo criticando, su puesta en suspenso y su superación dialéctica (Aufhebung).  

 

4.      Metáfora y enseñanza de la lengua: un asunto de política

 

        Ahora bien, en el interior de la enseñanza de la lengua, y quizás de la consideración corriente sobre el lenguaje que, por defecto, tenemos todos los hablantes, la metáfora es una figura retórica que integra, finalmente o al principio, un abigarrado inventario de figuras de la misma especie, entre las cuales recibe, vale decir, cierto destaque o, por el contrario, cierta ingenua atención; en el mejor de los casos, parece estar ahí para auxiliarnos en la necesidad de referirnos a las cosas del mundo, en el embellecimiento del discurso (la metáfora y la metaforicidad misma como cosmética del decir, como adorno o maquillaje de lo que decimos). Esta perspectiva sobre la metáfora, deudora de la condena platónica de la retórica, es perfectamente congruente con la idea de comunicación criticada, aunque, ciertamente, no se gestó en las últimas décadas (es una perspectiva que tiene siglos, como decía, y que siempre está presta a volver, a dejarse tomar por quienes rehúsan el lenguaje y prefieren la comunicación).

     Así pues, la metáfora queda desprovista de todo su espesor teórico, su poder analítico y su capacidad de metaforizar al propio funcionamiento del lenguaje, reducido finalmente a instrumento o vehículo de comunicación, como si el contenido a transmitir estuviera dado de antemano (¿en la conciencia del emisor, en la esencia de los objetos del mundo?) y el instrumento viniera a ofrecerle el soporte formal para su expresión. En este contexto, la metáfora, por sofisticada que sea, es vista siempre de la misma manera: o bien como un soporte más complejo, más refinado, para expresar contenidos preexistentes igualmente complejos y refinados, o bien como un obstáculo a sortear o con el que no hay más remedio que convivir, al que es preciso eludir cada vez que se puede. 

         Para la idea defendida en este texto, en cambio, la metáfora es el lenguaje, la figura que se contiene a sí misma, poniendo de manifiesto, pero también soportando (diciendo y no diciendo) la estructura imperfecta del lenguaje, en cuyo interior ocurre como metáfora. De esta manera, la metáfora redobla la distancia entre las palabras y las cosas, mostrando o, al menos, sugiriendo que las primeras no están en lugar de las segundas, en tanto no hay una relación de lugartenencia según la cual las palabras “representarían” a las cosas en el orden del lenguaje. Distancia irreductible e irrepresentable entre las palabras y las cosas y distancia de la distancia (mostración de la distancia como distancia y del juego mismo de la distancia), la metáfora exhibe el desajuste crónico entre los signos lingüísticos y sus referentes, el decir excesivo, deficitario y/o torcido que domina el decir y que la comunicación, en el sentido superficial criticado, quiere permanentemente conjurar.

      Volviendo al principio: el mapa mudo me resultaba atractivo como objeto, como tarea, como solicitud o demanda de la maestra (era, además, la promesa de algo que habría de “hablar”). Pero ¿cómo un objeto de ese tipo –ciertamente, político, porque ocurría en la escuela– podía causar tal impresión a un niño de quinto o sexto de escuela? El objeto estaba ligado, desde siempre, a su nombre (en este se ubicaba, pienso, el requerimiento que despertaba al deseo); su inteligibilidad y su atractivo dependían completamente de la sinestesia: mapa mudo escribía algo sobre el silencio, dibujaba trazos en diversas direcciones sobre la superficie blanca del papel, que era una superficie sin palabras, sin significados, una superficie política que esperaba su verificación como política por los efectos de las palabras pertenecientes al logos. Entonces, el trabajo con el mapa mudo devenía la deseosa tarea de dar significado a las cosas, esto es, al mundo (o al fragmento de mundo concernido en el mapa mudo). Algo estaba siempre por hacerse; algo estaba esencialmente inacabado e invitaba a su construcción, pero lo hacía desde el “resplandor silencioso” del papel de calco o de la hoja bañada en aceite. 

       ¿No es, en este sentido (recordemos: sentido como significado, dirección, percepción y afectación), el mapa mudo una metáfora de sí mismo, la metáfora del vacío sobre el cual se apoya el funcionamiento del lenguaje? ¿No es, también, la metáfora del deseo por el conocimiento, por la lengua?

 

5.      Lengua, poesía y política

 

Jacques Rancière [4] sostiene que somos animales políticos porque somos, ante todo, animales poéticos. Esto implica que nuestra relación con las cosas nunca es directa, o sea, no está sujeta a la linealidad de la economía comunicativa más corriente y, hasta cierto punto, trivial. En efecto, la política del sentido se opone a la economía de la comunicación por cuanto la primera introduce en la segunda una sospecha interpretativa, es decir, tiende sobre su lógica otra lógica que la cuestiona, la tensiona y busca interrumpirla.  

     En este contexto, la naturaleza poética de la lengua es el fundamento y la condición de posibilidad de la política, pero no la garantiza, no la asegura. Por ello, cuando pensamos en la enseñanza de la lengua en Secundaria y observamos la poca reflexión dedicada a la función poética en términos de Jakobson (en el sentido de que es una función que no se limita a la poesía ni a la literatura, y en el sentido de que es una función que dice mucho de la naturaleza del lenguaje incluso en su funcionamiento referencial), debemos concluir, mal que nos pese, que dicha enseñanza está esencialmente orientada hacia un “modelo económico” de comprensión del lenguaje.

       Este “modelo” (muchas veces implícito) ha permitido que la pragmática asumiera el lugar que tiene en la enseñanza de la lengua y que lo haya hecho bajo la forma simple en que se desplegó como una interpretación reduccionista de la propuesta de Austin planteada en Cómo hacer cosas con palabras. [5] Esta forma simplificada se puede ver, por ejemplo, en una serie de nociones que han logrado organizar el desarrollo de la enseñanza de la lengua o, en todo caso, han logrado instalarse como nociones de referencia, tales como las nociones de intención del hablante, de contexto e incluso la noción misma de acto de habla, centro gravitacional de la teoría pragmática de Austin.

         Así pues, podríamos interrogarnos sobre de qué manera se operó la reducción señalada, al tiempo que deberíamos preguntarnos también, y muy especialmente, sobre las condiciones teóricas e ideológicas que hicieron posible tal reducción. Quiero decir: es preciso que nos detengamos a pensar en qué pasó en la enseñanza de la lengua para que la interpretación reduccionista de la pragmática pudiera encontrar un lugar proclive a su florecimiento como una modalidad específica de la didáctica de la lengua y, por ende, cuáles fueron las condiciones histórico-ideológicas que favorecieron dicho florecimiento, puesto que partimos de la base de que nada florece de esta manera si no hay condiciones que lo permitan.

       En este sentido, no es casual que el reduccionismo al que nos estamos refiriendo haya coincidido con el asentamiento definitivo de la comunicación y la oralidad como objetos de reflexión lingüística en el salón de clase en la dirección opuesta al trabajo con y sobre la escritura. Este asentamiento solo fue posible, he aquí nuestra hipótesis, a costa de un abandono de la escritura en múltiples aspectos, lo que puso en evidencia que el problema en cuestión es un problema esencialmente político, problema que puede sintetizarse en los antagonismos lenguaje versus comunicación y escritura versus oralidad.   

         En este nuevo contexto (un contexto neoliberal, sin duda, que ha extendido sus brazos hasta la actualidad), no hay lugar, como se entenderá, para la metáfora, para considerar la relevancia de la metáfora como elemento paradigmático del carácter poético de la lengua y, en consecuencia, para la posibilidad de la política como apelación oblicua de la rectitud de la transparencia comunicacional de la economía pragmática reinante.

 

6.      En suma: batirse por la metáfora es batirse por la lengua

 

¿Es posible que la interrogante sobre la lengua –y sobre todo lo que se puede articular a ella– sea una preocupación estrictamente especializada, independiente de lo que logra el psicoanálisis con respecto al hombre como animal simbólico, como ser hablante? Si bien las apropiaciones que esa disciplina ha podido permitirse con respecto a ciertos conceptos lingüísticos hacen que la lingüística corra el riesgo de desaparecer como tal frente al avance del psicoanálisis, esta amenaza tiene la ventaja, a pesar de todo, de constituir a cambio un síntoma para los lingüistas: no pueden ya rechazar la idea de que su ciencia organice su autonomía a costa de un gran número de ignorancias y de inhibiciones. [6]

      

      Otra vez al principio, otra vez insistiendo: batirse por la metáfora es, también, bregar por la política, en la medida en que esta aparece (debe ser forzada) en el zócalo mismo en que las palabras y las cosas no coinciden, emergiendo como desacuerdo, disenso; es, en definitiva, el perpetuo reclamo de interponer una cuña crítica en la relación entre el sujeto hablante y su discurso y en el interior del propio discurso puesto en funcionamiento, que habla de una realidad esencialmente hecha de sentido, un tejido de significantes.

            Sin embargo, para nosotros, la detallada descripción del lenguaje que hace la lingüística (sus diversas disciplinas, como la gramática, la semántica y la pragmática) parece estar exenta de política, y digo bien, no desprovista, o no solo desprovista, sino también exenta (parecería no tener la responsabilidad de la política): todo funciona como si la lingüística, maravilloso ejemplar del campo de la ciencia, antaño –principios del siglo XX– modelo de ciencia para las humanidades, no necesitara interrogar su propio lugar de enunciación respecto del conjunto de ignorancias e inhibiciones que pone en juego como su punto ciego de constitución teórica y epistemológica. Y esto es algo que se traslada a la enseñanza de la lengua, particularmente cuando esta se confunde total o parcialmente con la enseñanza de la gramática, momento en el cual se forcluye la aparición del sujeto, del inconsciente, del discurso y de la historia: quedamos, así, ante el frío sistema gramatical que genera y nos permite interpretar significados, generados e interpretados por un hablante-oyente ideal.

 

Notas

 

[1] Robo esta expresión, con algunas modificaciones, de un capítulo del extraordinario libro de Françoise Gadet y Michel Pêcheux, La langue introuvable, París: François Maspero, 1981. (Este texto fue originalmente publicado en la revista eXtramuros, edición del 22/1/2021. La versión que se presenta acá tiene varias modificaciones respecto de aquel texto, empezando por el título artículo).

[2] Jacques Rancière, El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética, Barcelona: Herder, 2011, p. 167.

[3] Jacques Lacan, El seminario 20. Aun, Buenos Aires: Paidós, 1991 [1972-1973].

[4] Jacques Rancière, El hilo perdido. Ensayos sobre la literatura moderna, Buenos Aires: Bordes Manantial, 2015.

[5] John L. Austin, Cómo hacer cosas con palabra, Buenos Aires: Paidós, 2006 [1962].

[6] Françoise Gadet y Michel Pêcheux, La lengua de nunca acabar, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1993 [1981], p. 14.

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